Vie. Jun 24th, 2022

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La historia de Patricia Cruz, tras más de 3 décadas en la docencia

«NO HABÍA ESCUELA Y USÁBAMOS UNA CAPILLA; ME TENÍA QUE TURNAR CON EL PADRE»

El presidente municipal Cuahutémoc Balderas Yáñez entregó el reconocimiento por sus 35 años de labor magisterial en Aquismón, a la profesora Patricia Cruz Martínez. Pero detrás suyo hay una gran historia, o una serie de vivencias….

LEVANTANDO ESCUELAS.

Por el rumbo de “El sabinal” era donde más feo se ponía el camino: Las lluvias de temporada humedecían la tierra a grado tal que el lodo llegaba hasta las rodillas de la maestra Paty, amenazando con impedir su avance. Pero la vitalidad de la recién graduada en Preescolar Indígena le daba para eso y más, “y cuando se me rompían los huaraches que traía, llevaba otros de repuesto”, recuerda divertida.

En 1986, Patricia Cruz Martínez cumplió -junto con su mayoría de edad- el anhelado sueño de concluir sus estudios y ser aceptada en la Secretaría de Educación Pública. La libertad de la soltería era tan disfrutable como aquella brisa que pegaba en su rostro cuando descendía a toda carrera la sierra de “Tampemoche”, “con la intención de ahorrar tiempo aprovechando la bajada”, detalla.

EN “SAN JOSÉ”, SU PRIMERA EXPERIENCIA

Originaria de “Tancuime” -una comunidad al sur de la cabecera municipal de Aquismón- debía salir de su sitio natal a las ocho de la mañana, pasar por el poblado y continuar hacia el norte, sierra arriba, siguiendo lo que ahora sería el mismo trayecto que se toma para llegar a la “Cascada de Tamul”, con la gran diferencia que no existía carretera asfaltada, ni siquiera de terracería; solo había apenas una vereda y por ende, se carecía de transporte.

En esas condiciones, alrededor de las tres de la tarde (tras caminar siete horas) arribaba a “San José El Viejo”, donde se ocupaba de lo que –optimistamente- podría considerarse el kínder: “No había escuela formal para dar clases y usábamos una capilla donde me tenía que turnar con el padre y las labores de la iglesia; si él tenía actividad, pues debía salirme, con todo y niños”, explica.

Las circunstancias a las que se enfrentaba, pese a su novatez, la pusieron entonces en la disyuntiva de darse por vencida o sobreponerse; se decidió por lo segundo y comenzó ahí la tarea de levantar escuelas: Organizando a los padres de familia, motivándolos, realizando diversas gestiones, estructurando estrategias, y presionando para conseguir los objetivos a como diera lugar.

“Yo en ese entonces seguía estudiando, por eso dejaba la escuela los viernes a las ocho de la mañana, para llegar a mi casa, en Tancuime, entrada la tarde; al otro día tenía que irme a estudiar y me iba caminando, por entre veredas, hasta el crucero de Xolol, de donde tomaba el autobús a Tamazunchale. Regresaba ya noche, y al día siguiente, que era domingo, pues otra vez a caminar hasta San José El Viejo”, cuenta.

La anhelada construcción de la fase inicial de la institución se convertiría en la primera recompensa y en la primera meta de muchas a conquistar. El nombre de “Sor Juana Inés de la Cruz” que podía leerse en el frente de la escuela -aún olorosa a nueva- resultaba una alegoría respecto de la indomabilidad de otra mujer: La maestra Paty, quien no se contentaba con lo conseguido e iba por más.

EL KÍNDER “ZAPATA” DE “MANJA”

Transcurrido un año, en 1987 Patricia Cruz fue asignada al Centro de Educación Preescolar Indígena en “Manja” (“Tanchanaco”). “No era otra cosa que un tejado en un terreno prestado, de lámina de cartón, agujerado, y el suelo convertido en lodo en tiempo de lluvias; así que nos pusimos a buscar un espacio, junto con las mamás, para hacer el aula, y a pedirle a las autoridades ejidales el acta de donación”, rememora.

Mientras los trámites para la edificación del plantel avanzaban, crecía con ello la envidia aún entre los mismos hermanos indígenas. “Y el Juez de Tanchanaco embaucó al ingeniero que iba a venir a hacer el trabajo, diciéndole que no se justificaba, para que el proyecto se fuera para allá, le dio muchos pretextos y no sé si también dinero, el caso es que la construcción nada que llegaba”.

“Un día me encontré al ingeniero en Aquismón y le reclamé; me dijo muchas explicaciones que no me convencieron, le pedí el teléfono de sus superiores y no me lo quiso dar, entonces le avisé que iba a tomarle fotos al kínder que teníamos y que las iba a llevar a San Luis Potosí junto con los padres de familia, para que allá vieran que sí se justificaba hacer las aulas ahí mismo (en Manja)”.

Entre una risa discreta que deja entrever cierta satisfacción de salirse con la suya, la maestra Paty dice que poco tiempo posterior a ese encuentro, “de repente llegó (el ingeniero), con camiones de material, diciéndome: órale, saque la gente para que baje todo, pero rápido o me lo llevo. Junté señores y mamás, y todos, en la espalda, ese día y parte de la noche, descargamos el material, y así se hizo el jardín Emiliano Zapata”.

EL JARDÍN DE “LA EUREKA”

Por ese tiempo, Patricia Cruz se unió libremente con un maestro de Primaria, y eso le dio la ventaja de ser transportada en su motocicleta hasta “La Eureka”, la siguiente sede a donde (en 1992) fue comisionada. “Era el preescolar Francisco I. Madero, aquí si había un aula, pero apenas se veía entre tanto monte, estaba muy descuidado el lugar, y por eso los niños casi no iban a clases”, dice.

Resuelta a cambiar la imagen de la institución, enfrentándose a la carencia de energía eléctrica y agua, pero sobre todo a la cerrazón de los padres de familia que no acostumbraban inscribir a sus hijos en el Preescolar (porque no le daban la importancia), realizó las gestiones necesarias para construir el patio cívico. Ahí duraría otros cinco años, suficientes para propiciar que los niños de la serranía, bajaran a tomar sus clases.

EL PREESCOLAR DE “TAMPATE”

Contenta por lograr un objetivo más, y mientras su vida personal también mejoraba, la maestra Paty se mudó a Aquismón, donde rentaba una casa, y quedaría más cerca de “Tampate”, a donde fue comisionada en 1997: En el jardín de niños “Graciano Sánchez”. “Ahí había dos aulas pero no tenían baño, y lo peor era que estaba construido en una loma, y si los niños no tenían cuidado, se caían al barranco”.

“Así que la primera necesidad ahí era el patio cívico, para que los niños jugaran e hicieran sus actividades al aire libre. Traté de organizar a la gente, para hacer las gestiones, para que cooperaran, pero lo primero que me encontré era que tanto programa social que hay por parte del Gobierno, a algunos los hace muy flojos y luego ya no quieren trabajar nada”, reflexiona la mentora.

“Sin embargo, uno no puede olvidar que también es humano, y yo soy indígena, como ellos, y a las personas hay que tratarlas así, como personas, hablarles, hacerles razonar, para que realicen las cosas; me tomó tiempo, pero los padres sí apoyaron, se organizaron, fue posible construir el baño y el patio cívico, y hasta dinero sobró para el barandal”, enfatiza con la alegría del deber cumplido.

LA ODISEA EN “LA 28”

Cerca de la Segunda Sección de “Tampate” (donde la maestra Paty daba clases) está la “28 de octubre”, una colonia formada hace años a raíz de la lucha social contra los acaparadores de tierras. El asentamiento creciente de familias despertó la inquietud de fundar ahí un Centro de Educación Preescolar, y conociendo la fama y la efectividad de la educadora para gestionar la instalación de escuelas, recurrieron a ella.

“Yo conocía a algunos papás de ahí, y me preguntaban cómo hacerle, porque deseaban un kínder, y les dije que había que realizar un censo para ver la factibilidad; un día llegó mi supervisor para tratar de desanimarme aconsejando que yo no le moviera a eso si ya tenía mi trabajo seguro (en Tampate), pero le comenté que solo estaba haciendo labor social, ayudándole a la gente”.

“Después un funcionario de la Presidencia acabó de desengañarme diciendo que no se iba a autorizar el nuevo kínder; yo le respondí que a partir de ese momento lo iba a tomar como algo personal, y que ahora, por puro orgullo indígena se iba a hacer: Pedí permiso al supervisor para ir a gestionar a San Luis, y mandaron a un Comisionado de Planeación, pero con toda la intención de frenar la construcción del plantel”.

“Fue con el Comisariado Ejidal y lo engañó, haciéndole firmar papeles donde supuestamente decía que no era necesaria la institución; eso me causó mucho coraje: Que se valiera de la gente inocente. Convocamos a una junta ejidal, donde el Comisariado admitió que había firmado, pero no sabía que era para eso, entonces, nos organizamos con padres de familia y autoridades, y nos fuimos todos a San Luis”.

Una vez allá, llegaron al área de Planeación y mandaron traer al autor de la artimaña, a quien los directivos de la Secretaría de Educación le ordenaron que regresara a la colonia “28 de octubre” a hacer una encuesta real. A los ocho días autorizaron el nuevo kínder y con ello apareció la propuesta de que, en justo honor a la lucha encabezada, Patricia Cruz fuera la nueva directora del plantel, que se denominaría “Josué Rodríguez Hisijara”.

Fue de esta manera como en 2001 inició de nuevo desde cero. “Una señora (Artemia) nos prestó parte de su casa, a donde los niños llegaban cargando su sillita, y empezamos a dar clases así, enfrentando aparte de las carencias, la división que había entre la gente, una era por cuestión de los partidos políticos, y otra porque había habitantes comuneros y ejidatarios, y siempre se estaban bloqueando entre ellos, afectando a los niños”.

“Hicimos que interviniera entonces el Gobierno Federal, que decidió hacer las indemnizaciones que fueran necesarias para que dejaran de pelear, y ya con todas las de la ley seguimos trabajando para levantar un aula, pero sobre todo, para conseguir mobiliario adecuado, asustados porque a un niño se le atoró su brazo en una silla, pues las que usaban no eran las reglamentarias”.

“También tuve que enfrentarme al machismo, que aún en pleno siglo 21 estaba arraigado en el lugar, y eran los hombres los únicos que tomaban las decisiones. Para mí fue un reto enorme involucrar a las señoras en el trabajo, más cuando un contratista de Xilitla (que andaba trabajando en el levantamiento del aula) me apostó que no iba a ser capaz de ponerlas a trabajar”.

“Y que me dice: Si usted lo logra, yo le pongo de mi cuenta un cercado perimetral de malla; y entonces me puse a hablar con todas ellas, a hacerles ver lo importante que eran en su hogar, a motivarlas mucho, y poco a poco logré que se integraran a las tareas y que cooperaran; así que al contratista no le quedó otra que hacernos la barda, cumpliendo y pagándome la apuesta”, señala sonriente.

Después de esos primeros beneficios fueron autorizados más salones, y con la integración al Programa Escuelas de Calidad la escuela se superó pedagógicamente y en infraestructura: Se construyó el patio cívico, se reforzaron las instalaciones y se techó el portón de la entrada; con la ventaja de la energía eléctrica conectada, apareció la modernización de las computadoras, las pantallas de plasma y los reproductores de video.

“Nos acostumbramos a trabajar mucho; sentía que el día que no hiciera nada iba a parecer inútil, el problema fue que por no descansar me bajó la presión y hasta al ISSSTE fui a dar. No tenía vacaciones porque había que revisar la construcción y las facturas, trabajar hasta en la noche y en broma decía a mis compañeras: En la cotización hay que poner lo del divorcio, porque a estas alturas el viejo ya no me va a aceptar en la casa”.

Y LLEGARON LOS RECONOCIMIENTOS

Pero como todos los sacrificios -sobre todo los que nacen de la vocación, se impregnan de voluntad y les aplican todo el corazón- suelen tener una buena recompensa, en 2019 la maestra Patricia Cruz Martínez, pareció llegar al máximo logro de su carrera, cuando la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado, la galardonó con el Premio Estatal de Educación, en el nivel de Preescolar Indígena.

Y el pasado 13 de mayo de 2022, durante la celebración –adelantada- del “Día del Maestro” en Aquismón, el presidente municipal Cuahutémoc Balderas Yáñez le entregó el reconocimiento por sus 35 años de labores en las aulas, durante una ceremonia realizada ante sus homólogos en la Unidad Deportiva, quienes le felicitaron con aplausos, por su dedicación y esfuerzo durante más de tres décadas.

 

 

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